martes, 14 de abril de 2009
Los niños Tarzán
miércoles, 25 de marzo de 2009
Profesores canguro

viernes, 20 de febrero de 2009
Nuevo mundo, nuevo currículo

Currículo para la escuela del futuro
El segundo elemento articulador del currículo son los procesos cognitivos y axiológicos de los estudiantes. Los seres humanos no nacemos aprendidos, nacemos dentro de una cultura gracias al aprendizaje; y ese aprendizaje se realiza de manera gradual. Expresándolo de una manera muy general, los seres humanos pasamos de una situación de heteronomía, desconocimiento, fragilidad, a una situación de relativa autonomía, relativo conocimiento cultural y relativa defensión. Pero este paso que va de la heteronomía a la autonomía, del desconocimiento del mundo a su relativa apropiación; se realiza paulatinamente siguiendo una serie de etapas o ciclos. Dichas etapas dependen del contexto social y cultural en el cual se encuentra inmerso el estudiante y de su propio proceso vital. Ahora bien, los currículos se articulan respetando los distintos ciclos de desarrollo cognitivo, socioafectivo o axiológico de los estudiantes. Para que un estudiante pueda resolver problemas de integrales, primero tiene que conocer el algebra, y para manejar el algebra tiene que manejar la aritmética. Para construir un ensayo debe argumentar, para argumentar de manera escrita debe saber redactar, y para redactar debe saber escribir. Para tomar sus propias decisiones de manera autónoma y responsable, primero tuvo que tomar decisiones sencillas o incluso determinadas por el parecer de los tutores o cuidadores. Es decir se procede inductivamente de lo más sencillo a lo más complejo, de lo particular a lo general.
Ante estas dos sencillas consideraciones a cerca del currículo escolar, surgen una serie de interrogantes integrados a partir de los elementos articuladores. En primer lugar, ¿cuál debe ser el mejor currículo y plan de estudios para este momento de la historia, para este mundo? Ya lo he expresado más abajo, vivimos en mundo globalizado, tecnificado, donde las utopías se encuentran en crisis y donde el futuro está plagado de incertidumbres (crisis económica, crisis alimentaria, crisis energética, crisis ecológica). Las familias se están adaptando a dicho proceso y en esa adaptación surgen nuevas situaciones como el auge de los cuidadores, la perdida de los roles, la ausencia de los padres, la formación de hábitos. Es más nuestros estudiantes aprenden más de las nuevas tecnologías de la comunicación (Internet, celular), de sus grupos de amigos, de la televisión, y se ven más influenciados por los modelos del mercado, que de sus familias o de los sistemas educativos formales. Algunos estudiantes de sectores populares viven en una especie de esquizofrenia entre la realidad dura que les toca vivir y lo que el mercado les presenta como modelo deseable. Muchos de los niveles de intolerancia social se deben justamente a la ausencia de referentes que formen sobre principios claros de convivencia. Si a esto le añadimos una cultura pensada para los jóvenes y la visión de un futuro incierto, tenemos varios elementos para afirmar que nos encontramos en un cambio cultural. En esta medida cabe la pregunta ¿qué ser humano queremos formar para este mundo?, ¿un ser humano muy inteligente pero incapaz de convivir en comunidad?, ¿un ser humano capaz de convivencia pero incapaz de pensar por sí mismo? Las preguntas no son inocentes. Suponen que, si como educadores queremos cambiar este deteriorado mundo, debemos empezar por formar seres humanos con unas competencias diferentes para un mundo diferente. En esa medida, supone que se debe articular un nuevo modelo curricular para formar ese “hombre nuevo”, ya sea por asignaturas, ya sea por proyectos, ya se transversal o ya sea disciplinar. El problema no está en la forma, la cuestión está en el espíritu de la propuesta.
Por otra parte, la consideración a cerca de los procesos de desarrollo cognitivo, psicoafectivo y axiológico de los seres humanos, articulando con el punto anterior, permiten afirmar que dichos currículos y todo lo que ellos implican deben desarrollarse procesualmente; de lo sencillo a lo complejo, de lo particular a lo general, de lo concreto a lo abstracto. En dicha articulación no se debe perder el horizonte de acción determinado por la respuesta que cada institución educativa le dé a la pregunta sobre qué seres humanos quiere formar. Se puede pensar en materias, en proyectos, en aulas especializadas, en salidas pedagógicas, etc., pero dichos proyectos deben aportar al cambio de la mente y el corazón de los estudiantes, para que sean ellos a nuestro lado los que sean capaces de ofrecer a nuestros hijos o nietos, un mundo mejor.
¿Cuál es ese currículo? Nadie tiene respuestas elaboradas a esta pregunta. Cada experiencia pedagógica debe hacer su camino, resolver sus propios interrogantes, creer en su capacidad transformadora y atreverse a proponer cosas nuevas. No es posible generar un mundo nuevo sin tomar posición por un mundo nuevo el cual queremos formar como educadores.
viernes, 13 de febrero de 2009
Vino nuevo en odres nuevos

Cuando se entra a un aula de clase promedio en cualquier lugar de Colombia, se notará que los estudiantes se encuentran dispuestos en muy ordenadas finas que miran a un tablero. Podrán cambiar la forma de los pupitres, el tamaño del aula, el material del tablero, el contexto de la escuela, las metodologías, pero esta disposición esencial del aula parece no cambiar.
No hace falta realizar grandes estudios para reconocer que dicha organización esconde un modelo escolar anacrónico para nuestros días. Podría decirse que tiene sus raíces en las cátedras medievales y en la estructuración escolástica de la "lectio" en la cual el estudiante realiza un trabajo individual y luego debe ser instruido por el maestro quien sabe más que el estudiante y es quien imparte el conocimiento. La expresión "magister dixe" esconde toda esta realidad.
Hoy en día, en Colombia, desde la escuela hasta la universidad, está es la práctica educativa más común: la interacción maestro-estudiante dentro de un aula de clase en una relación asimétrica que busca transmisión de información. Existen innovaciones tecnológicas que más que cambiar el modelo lo refuerzan. Ahora se utilizan tableros digitales, proyecciones informáticas, computadores portátiles, etc.; en la misma interacción asimétrica.
Esto me causa un serio cuestionamiento: ¿éste es el tipo de formación que necesita nuestra sociedad hoy?. Vivimos en un mundo complejo y en continuo cambio, globalizado y con serios problemas ambientales, económicos y sociales; aldea de la información en continuo intercambio simbólico. Mundo excesivamente permisivo, hedonista, intercultural y familiarmente desestructurado. ¿Será que las aulas estructuradas en la relación maestro (que conoce) y estudiante (que poco sabe) son el espacio y el ambiente pedagógico para formar a los hombres y las mujeres del mañana?
Es bueno reconocer que nuestros estudiantes aprenden todos los días, pero en la gran mayoría no aprenden lo que nosotros le queremos enseñar. Interactúan por Internet, por medio de los teléfonos celulares, aprenden de la televisión, de los videojuegos, de sus amigos, etc.; y la gran mayoría de intercambios de aprendizajes ocurren en espacios diferentes a los formales. Se aprende en el parque, en el bus, en la casa, en las conversaciones con los amigos, en la familia; y muchos de esos aprendizajes además de ser significativos, son altamente perdurables.
La escuela del futuro es una escuela con otros espacios de aprendizaje diferentes a las aulas de clase tradicionales; espacios afectivos, espacios cooperativos y colaborativos, espacios cargados de sentido, espacios integrados con su entorno y su contexto (con su ciudad, pueblo o región), espacios personalizante. Nuevos espacios para una nueva escuela.
miércoles, 4 de febrero de 2009
El sentido de la evaluación, la evaluación con sentido

En esa medida, la evaluación de aprendizajes no se puede homologar de manera tajante con procesos incluidos en la misma, pero que no la reducen; procesos como los "exámenes", las "pruebas", las "calificaciones". Los exámenes y las pruebas proveen a los participes en el hecho educativo de ciertas informaciones que necesitan interpretarse dentro del proceso de formación, pero dichas informaciones no son ni exclusivas, ni excluyentes; por el contrario, complementan una serie de observaciones que tanto maestros como estudiantes han reconocido en su interacción pedagógica.
Por otra parte el concepto de "calificación" o el de "valoración" no pueden reducirse al hecho de la presentación de números o logros alcanzados. Los docentes, como los estudiantes, están calificando y valorando permanentemente su proceso de aprendizaje. Expresiones como "es perezoso", "se la pasa charlando con los amigos", "es muy cumplido en sus trabajos", "ese profesor siempre llega tarde", etc., solo son una muestra de la cantidad de juicios o valoraciones con las que los procesos de aprendizaje se encuentran diariamente. Pero, dichas valoraciones pocas veces llegan a ser tenidas en cuenta en los procesos pedagógicos quizás por considerarlas poco formales.
Otro concepto bastante discutido en nuestros días es el de "promoción". En realidad la "promoción" se reduce a un juicio o serie de juicios de valor que le permite a un proceso educativo determinar si un estudiante debe acceder al siguiente nivel de formación. A nivel de educación formal, debe determinar el paso de un grado de educación a otro (llámese curso o semestre). Sin embargo, como en los conceptos anteriores, existen formas de promoción ligadas a la evaluación de aprendizajes que no son formales. En un grupo de danzas, por ejemplo, los estudiantes saben que por sus habilidades pasan a un nivel más avanzado sin necesidad de "exámenes" formales o "valoraciones finales".
A esto se debe añadir que cuando los docentes tratan de definir qué evaluar y para qué evaluar, no siempre se tiene claro. Muchas veces el objeto de la evaluación es solo la reproducción de información y en otros casos el desarrollo de competencias o procesos mentales. Cualquiera de estos dos objetos de evaluación generará prácticas muy diversas. Así mismo, la finalidad de la evaluación no es clara, y en muchas ocasiones se tiene la impresión que se evalúa para demostrar cuando no sabe el estudiante, o cuanto poder tiene el maestro, o cuan arbitraria puede ser la educación.
Por último, el protagonista de la evaluación en la gran mayoría de las ocasiones es el maestro. Los sistemas evaluativos están pensados para que sea el maestro quien tome la decisión final sobre los procesos asignados a su cargo. Si el maestro no conoce que ha desarrollado su estudiante, entonces, como ley universal, el estudiante no ha hecho nada y debe ser valorado negativamente. Sin embargo, el verdadero protagonista de la evaluación es el estudiante, pues es él quien debe ser conciente de sus avances, de sus dificultades, de lo que tiene que hacer para superar dichas dificultades. En dicho proceso el docente, más que un obstáculo, es un facilitador, un entrenador que ve que está funcionando mal y genera estrategias para que funcione mejor.
Todo lo dicho hasta aquí muestra la necesidad de reflexionar sobre la evaluación del aprendizaje. Para muchos maestros es un tema oscuro en el que es mejor no entrar pues cuestiona directamente las prácticas pedagógicas (modelos asumidos, didácticas, currículos, etc.). En la escuela de futuro debe estar presente la evaluación, es claro, pero renovada por nuevas prácticas; donde los estudiantes sean quienes evalúen su proceso y donde los exámenes sean cosas del pasado.