
Currículo para la escuela del futuro
El segundo elemento articulador del currículo son los procesos cognitivos y axiológicos de los estudiantes. Los seres humanos no nacemos aprendidos, nacemos dentro de una cultura gracias al aprendizaje; y ese aprendizaje se realiza de manera gradual. Expresándolo de una manera muy general, los seres humanos pasamos de una situación de heteronomía, desconocimiento, fragilidad, a una situación de relativa autonomía, relativo conocimiento cultural y relativa defensión. Pero este paso que va de la heteronomía a la autonomía, del desconocimiento del mundo a su relativa apropiación; se realiza paulatinamente siguiendo una serie de etapas o ciclos. Dichas etapas dependen del contexto social y cultural en el cual se encuentra inmerso el estudiante y de su propio proceso vital. Ahora bien, los currículos se articulan respetando los distintos ciclos de desarrollo cognitivo, socioafectivo o axiológico de los estudiantes. Para que un estudiante pueda resolver problemas de integrales, primero tiene que conocer el algebra, y para manejar el algebra tiene que manejar la aritmética. Para construir un ensayo debe argumentar, para argumentar de manera escrita debe saber redactar, y para redactar debe saber escribir. Para tomar sus propias decisiones de manera autónoma y responsable, primero tuvo que tomar decisiones sencillas o incluso determinadas por el parecer de los tutores o cuidadores. Es decir se procede inductivamente de lo más sencillo a lo más complejo, de lo particular a lo general.
Ante estas dos sencillas consideraciones a cerca del currículo escolar, surgen una serie de interrogantes integrados a partir de los elementos articuladores. En primer lugar, ¿cuál debe ser el mejor currículo y plan de estudios para este momento de la historia, para este mundo? Ya lo he expresado más abajo, vivimos en mundo globalizado, tecnificado, donde las utopías se encuentran en crisis y donde el futuro está plagado de incertidumbres (crisis económica, crisis alimentaria, crisis energética, crisis ecológica). Las familias se están adaptando a dicho proceso y en esa adaptación surgen nuevas situaciones como el auge de los cuidadores, la perdida de los roles, la ausencia de los padres, la formación de hábitos. Es más nuestros estudiantes aprenden más de las nuevas tecnologías de la comunicación (Internet, celular), de sus grupos de amigos, de la televisión, y se ven más influenciados por los modelos del mercado, que de sus familias o de los sistemas educativos formales. Algunos estudiantes de sectores populares viven en una especie de esquizofrenia entre la realidad dura que les toca vivir y lo que el mercado les presenta como modelo deseable. Muchos de los niveles de intolerancia social se deben justamente a la ausencia de referentes que formen sobre principios claros de convivencia. Si a esto le añadimos una cultura pensada para los jóvenes y la visión de un futuro incierto, tenemos varios elementos para afirmar que nos encontramos en un cambio cultural. En esta medida cabe la pregunta ¿qué ser humano queremos formar para este mundo?, ¿un ser humano muy inteligente pero incapaz de convivir en comunidad?, ¿un ser humano capaz de convivencia pero incapaz de pensar por sí mismo? Las preguntas no son inocentes. Suponen que, si como educadores queremos cambiar este deteriorado mundo, debemos empezar por formar seres humanos con unas competencias diferentes para un mundo diferente. En esa medida, supone que se debe articular un nuevo modelo curricular para formar ese “hombre nuevo”, ya sea por asignaturas, ya sea por proyectos, ya se transversal o ya sea disciplinar. El problema no está en la forma, la cuestión está en el espíritu de la propuesta.
Por otra parte, la consideración a cerca de los procesos de desarrollo cognitivo, psicoafectivo y axiológico de los seres humanos, articulando con el punto anterior, permiten afirmar que dichos currículos y todo lo que ellos implican deben desarrollarse procesualmente; de lo sencillo a lo complejo, de lo particular a lo general, de lo concreto a lo abstracto. En dicha articulación no se debe perder el horizonte de acción determinado por la respuesta que cada institución educativa le dé a la pregunta sobre qué seres humanos quiere formar. Se puede pensar en materias, en proyectos, en aulas especializadas, en salidas pedagógicas, etc., pero dichos proyectos deben aportar al cambio de la mente y el corazón de los estudiantes, para que sean ellos a nuestro lado los que sean capaces de ofrecer a nuestros hijos o nietos, un mundo mejor.
¿Cuál es ese currículo? Nadie tiene respuestas elaboradas a esta pregunta. Cada experiencia pedagógica debe hacer su camino, resolver sus propios interrogantes, creer en su capacidad transformadora y atreverse a proponer cosas nuevas. No es posible generar un mundo nuevo sin tomar posición por un mundo nuevo el cual queremos formar como educadores.
No hay comentarios:
Publicar un comentario